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EL PIRINEO ARAGONÉS >> JOSÉ MIGUEL NAVARRO

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JOSÉ MIGUEL NAVARRO Imprimir Correo electrónico
Muy personal

Cuando José Miguel Navarro nació, hace treinta y ocho años en Sabiñánigo, su madre ignoraba que estaba alumbrando un verdadero autodidacta.

Junto a sus constantes publicaciones, comparte sus días en el Ayuntamiento de Biescas con una irrefrenable atracción por la naturaleza.

¿Jura usted decir la verdad  y nada más que la verdad?. José Miguel se agazapa a  un cortado descafeinado y asiente con firmeza. Estrechamos nuestras manos y pasamos a tutearnos.

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Escritor, peón de albañil, fotógrafo, bombero,  guía turístico, enterrador… ¿en que faceta te sientes más cerca de ti mismo?(Responde con la certidumbre del rayo).

Apasionado de la naturaleza. No entiendo mi vida sin estar cerca del monte

Siendo muy jóven participaste en la restauración de  iglesias de la Ruta de Serrablo, ¿qué huella te dejó?

Cuando tenía quince años, como regalo de cumpleaños, mi abuelo me hizo socio de la Asociación Amigos de Serrablo y me presentó a Julio Gavín y Javier Aranal. Todavía recuerdo el tono de voz de Julio “lo que necesitamos es gente jóven”. Comencé a salir con ellos. Muchos pueblos, todavía en pié, conservaban utensilios en sus falsas y aún se percibía que había habido vida. Aquella sensación de descubrir me enganchó por completo; acababa de entrar en un mundo nuevo. Aunque mis padres proceden de pueblos abandonados y yo había estado en ellos, esta experiencia con quince años fue una gran aventura.

Un año después trabajé en la Escuela Taller de restauración que estaba dirigida a gente con problemas. Estuve en la Iglesia de Ceresola, Arruaga, San Juan de Espierre y Espierre. Antes nos ponían en antecedentes: “vais a restaurar una iglesia del siglo X, tiene mil años…”. Levantaba las tarimas y aparecían restos humanos… Para mi aquello no era trabajar si no hacer algo muy importante. Estaba encantado.

En tu poliédrica profesión ¿prefieres cortar hierba o pedir subvenciones?. (Un largo silencio desemboca, como era esperado, en su incontenible pasión).

Pese a que las subvenciones se concretan en obras que se plasman en el pueblo y produce el placer de la realización, prefiero estar cerca de un jardín. Yo no me imagino ocho horas encerrado en un despacho junto a un ordenador, ni de broma.

¿Ante la adversidad actúas con diplomacia, con verdades a medias o, le guste a quien le guste, con absoluta sinceridad?

Yo siempre digo la verdad… si luego te van a pillar. (Risas).  Es absurdo mentir. Me he acostumbrado a ser crítico y creo tener las ideas claras: no soy diplomático. Además, hay gente que no lo merece.

Has publicado libros de naturaleza, etnología, patrimonio, rutas... ¿Qué se cuece en tu mente?

Hay algo que estoy trabajando ahora, que llevaba en la cabeza muchos años, sobre simbología pirenaica; es algo que me apasiona.

¿Trabajas siempre con red?

Para nada.  He escrito libros por encargo como Los senderos de Sobrepuerto, pero por lo general me busco la vida. Tengo cosas escritas que probablemente no saldrán nunca.

¿Qué pasa bajo el atuendo de un bombero?

He apagado incendios, rescates de gente en vehículos…, pero normalmente el riesgo se minimiza. En una casa ardiendo se sabe si se debe atacar por fuera o por dentro. Mi primera actuación fue un accidente con dos muertos, pero recuerdo especialmente el primer incendio en Acumuer, una casa que ardió entera, donde sentía el terrible calor de las llamas y, si, pasé algo de miedo…

¿Dominas con más maestría el control de un incendio o un cruce de fuego entre personas?

No me considero muy sociable como para entrar a resolver conflictos. Sin ninguna duda, prefiero un fuego real.

(Se abre un paréntesis mientras se enciende un cigarrillo. Mi mirada se pierde en unas piedras talladas, signos solares y otros símbolos que asemejan originales,  que posan en la parte más alta de un mueble. Él repara en mi gesto de sorpresa). ¿Esto es un expolio? (Se ríe, a sabiendas de que su prolija actuación con  las piezas bien pueden provocar la duda). Pues permíteme felicitarte por tu maestría.

Esto va enlazado con la experiencia en las iglesias. Cuando entraba en una construcción románica y veía aquellas tallas me quedaba perplejo. Un día dejé de fumar… (le miro la mano que sostiene un humeante cigarro, se ríe).  Si, bueno, un día lo dejé y con el dinero que ahorré me compré un juego de punteros y herramientas de cantería.  Cuando tengo tiempo libre me dedico a ello y las regalo a mis amigos.

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Has descendido por las aguas incontenibles de ríos y barrancos, sobrevolado paisajes… ¿Es un estado catártico, un encuentro con la libertad o un mero deporte?

Se vive como deporte pero yo creo que no lo es. Los deportes de montaña no tienen punto medio: o te enganchan de manera irrefrenable o no te gustan nada. En la montaña he pasado verdadero miedo. Muchas veces me he preguntado ¿qué hago aquí pudiendo estar cómodamente en casa?. Pero cuando sales del entuerto, vuelves a casa y te duchas, lo ves de otra forma. Hablar con el colega para preparar la excursión,  trazar las rutas, … el disfrute, a la vuelta, de  ver las imágenes en el ordenador… Creo que es más que un deporte.

¿Has salido en solitario? ¿Hay alguna diferencia de sentirse solo en la naturaleza?

Si, si, totalmente. Si vas con un compañero los miedos se reparten pero si estás solo todo lo decides tú. Me he llevado algún susto. En una ocasión, junto a unos silos del siglo XVII, me metí alumbrando con el mechero, me golpee en la cabeza y quedé colgando del silo inconsciente, no se cuanto tiempo. Si hubiera caído dentro no habría podido salir.  Otro día, que no había dicho a nadie a donde iba, me perdí en una cueva. Actualmente salgo con mi perro, me acompaña mucho, aunque a veces se pone a correr detrás de un jabalí y yo corro la misma suerte. Hay veces, en la soledad del monte, que llego a hablar con él.

¿Hay algo que te perturba, inquieta, algo que borrarías de la existencia humana, o de tu propia vida?

En mi vida personal me siento medianamente feliz. No he realizado algunas cosas que me hubieran gustado pero no me arrepiento de ninguna de las decisiones que he tomado. Ahora me preocupa la crisis, entre otras cosas porque a mí, como a mucha gente, me han subido la hipoteca. También me inquieta el mundo convulso que les vamos a dejar  nuestros hijos.

Tras el viaje imaginario, el café se ha enfriado. Lo sorbemos pausadamente mientras nos despedimos. El inicial acuerdo de tuteo, oportuno juego literario, llega a su fin.

-Que sea feliz.

-Y usted también

© CORAL PASTOR

14/11/2008

 

 

 

 

 

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