ALFREDO G. CASAMAYOR Imprimir

Muy personal

Un familiar que regentaba varios hoteles convenció al padre de Afredo García Casamayor (Mesones de Isuela 1952), para que el joven abandonara la tierra llana y probara suerte en el Pirineo. Corría 1967 y Alfredo, con quince años llegaba a Jaca para enfrentarse a su primera aventura laboral.

Desde niño creció rodeado de caballos y ahora, con el paso del tiempo y el florecimiento de su semblante cano, sabe que ha logrado cumplir su sueño.

Con la llegada del invierno Alfredo y su escudería de fieles amigos organizan cada año la esperada cabañera.

 

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Más de doscientas cabezas; yeguas y caballos, con sus correspondientes potrillos, emprenden el descenso desde La Partacua en busca de praderas donde alimentarse y pasar el crudo invierno.

La trashumancia, en su más puro sentido, vuelve un año más a atravesar cortados, caminos, pueblos y carreteras. Una organizada logística, y un no menos suculento yantar, transforma durante unos días el descenso en una fiesta.

Estos caballos cuyo destino ha sido para carne, no encuentran en España su mejor mercado y por fortuna para ellos son requeridos en la limpieza de cortafuegos. Así vivirán pastando en las zonas delimitadas por el pastor eléctrico y con su labor la Administración ahorrará en combustible, vehículos, maquinas… mediante la acción tradicional del pastoreo.

Alfredo, Lina su mujer, Macu, Charo y Vicenta sus hermanas, Melero, Enrique, Fusi, Lorenzo y una larga lista de incondicionales “trashumantes” emprenden la cruzada. Alfredo avanza como un director de orquesta; todo transcurre en perfecta coordinación, se oyen de lejos las consignas en los aparatos de radio, ondean banderas sobre los coches que alertan del gran desfile equino, y algunos excursionistas que pasan por los caminos se detienen boquiabiertos ante tan magnífico espectáculo.

El final, tres días a pie y a caballo, lo marca la llegada a la pardina situada en la cara Sur del Monte Oroel en el término de Jaca. Llega la esperada recompensa que, capitaneada por Lina, transforma la pesadumbre del camino en una fiesta: todo el grupo se sienta a disfrutar de la buena mesa.

Ya en el viejo caserón de Ordolés Alfredo se acerca al fuego que arde lento en la propia cocina y me sirve una copa de vino. Nos quitamos la ropa de abrigo, impregnada por la imprevista nevada y brindamos por el buen desenlace de la cabañera.

¿Recuerda su primer caballo?

Provengo de casa de ganaderos y agricultores y siempre recuerdo en mi infancia caballos, mulos…e incluso una burra.

¿Desde cuando practica la trashumancia?

Ya casi no me acuerdo de los inicios, y es que,  aunque parece ayer, han pasado treinta años.

Los reconozco también por el tintineo de cada cencerro; hay que tener buen oído, pero sí, los distingo por el sonido, incluso con los ojos cerrados.

Teniendo en cuenta que este magnífico espectáculo al que he tenido el gusto de asistir es fruto de tres décadas, imagino que cuando emprendió la aventura se podrían contar con los dedos de una mano. ¿Cuántos conforman el actual censo?

Si no han habido bajas o ha nacido alguno, hay registradas doscientas dieciséis cabezas.

(Alfredo sorbe lento el vino que él mismo cosecha y ante cada respuesta mira a través del cristal, como filtrando sus recuerdos en el chispeante telón de copos que danzan ante nuestra mirada desafiando la ley de la gravedad. Dirige su atención a una yegua preñada que se sienta sobre la nieve). ¿Cómo es la vida en comunidad?

Excepto cuando los sementales pelean por sus hembras, y cuando la comida es justa o medida, en el resto de ocasiones siguen a la líder; normalmente la yegua más vieja, con más fuerza, un claro instinto de dominio y que mejor conoce el territorio. Usted misma ha podido ver como Daniela, la líder, durante kilómetros y kilómetros ha abierto cada mañana el recorrido y ha sido seguida por toda la manada.

¿Entre tanta belleza hay alguna  imagen cruel?

La que más me impacta es cuando muere la madre. En ocasiones han pasado seis, diez horas de su muerte y la cría sigue mamando y no se retira del lado de la yegua. Muchas veces, incluso, ya no hay calor en el cuerpo de la madre y el potrillo no se separa de su lado.

¿Cómo es posible en tan grandes extensiones saber si se ha extraviado algún animal? ¿Ha tenido que caminar kilómetros en busca de alguno de ellos?

Sí, sí. Ahora en invierno están en pardinas valladas y recorren del orden de 3.000 hectáreas en diferentes tiempos. A veces se salen de las vallas y claro que he tenido búsquedas de hasta 12 kilómetros a pie.

¿Conoce usted a todos sus animales?

Si, cada uno tiene su nombre. Los distingo por el color, incluso a distancia con los prismáticos y también por el sonido de cada cencerro; hay que tener buen oído, pero sí, los distingo por el sonido incluso con los ojos cerrados.

Imagino que cada cual tiene su carácter…

Son gregarios, forman sus grupos de cuatro, seis o siete, y no dejan que entre ningún otro animal de otra manada. Si alguno lo intento se lo trabaja mucho. Defienden el grupo al tiempo que la comida y el territorio. Y claro, cada cual tiene su diferente carácter y muy buena memoria. Poseen un gran instinto de supervivencia; saben buscar la comida y vivir a sus anchas, en libertad.

No está mal, quizás si los humanos nos aplicáramos en ese aspecto otro gallo nos cantaría. ¿Qué importancia tiene el ganado equino en el medio natural?

Debido a su volumen y peso y a sus dientes en las dos mandíbulas, y no como los rumiantes que sólo los tienen en la mandíbula inferior, estos comen cortando mientras que los rumiantes sesgan con la lengua.

Usted capitanea un importante proyecto que tiene como objeto la creación y mantenimiento de cortafuegos mediante la labor de los animales, a diferencia del desbroce y la intervención de máquinas.

Hemos firmado un Convenio con el Gobierno de Aragón en referencia a los cortafuegos. Llevamos los potros a cortafuegos que están controlados por el pastor eléctrico y tras varios días, dependiendo del pasto y la cantidad de metros que se les marca, hay que ir cambiándolos de lugar. Está funcionando muy bien la experiencia.

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Ostentosos copos de nieve comienzan a estrellarse sobre el cristal de la ventana. Se oyen voces que indican desplazar a los animales unos kilómetros más abajo para así asegurarles sustento en los días venideros, ante la que parece una persistente nevada. Alfredo sale enérgico para sumarse a la gélida caminata.

Horas más tarde regresan los hombres solos, como llegados de una efímera batalla y, junto al fuego de la chimenea,  arranca una larga comida. Mientras todos ingieren los sabrosos alimentos, les leo algo que he escrito para ellos.

La vieja cocina del caserón de Ordolés se asemeja al refectorio de un monasterio; alimentan su cuerpo y espíritu en un silencio que al unísono es roto por risas, aplausos y algún sollozo.

Largos caminos, observación con los cinco sentidos, comunicación, panes compartidos… Gracias Alfredo, “el hombre que susurra a los caballos”,  por regalarme el poderoso valor simbólico de la trashumancia.

© CORAL PASTOR

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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