AGUSTÍN FAUS Imprimir

Muy personal

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Llego a casa de Agustín Faus Costa una tarde de sábado en la que el otoño pliega, antes de lo previsto, la luz rosácea esbozada por el viento. En el jardín de su casa, cercana a Zaragoza, me recibe su implacable servicio de vigilancia. Dos golden de pelo claro saltan a mi alrededor impulsados por la algarabía y me lamen hasta las orejas.

Nos acomodamos en un gran salón, custodiado por libros, desde cuyas amplias cristaleras se reflejan las sombras de una noche precoz.

En 1952 formó parte del primer grupo de españoles que llegaron a los Alpes. Su pasión por la montaña y las publicaciones dan sentido a su vida.

 

 


Nacido en Barcelona, en 1926, halla en el temperamento de sus abuelos muchas de sus aficiones y como él mismo afirma: “por mis venas corre sangre de montaña y una cierta ansia de aventuras, algo de gusto artístico producido por el vino del Penedés mezclado con el olor a tinta de imprenta”

 Su abueloRamón Faus, nacido en Andorra, fue contrabandista en la Cerdeña francesa, pastor de ovejas, ferroviario, vaquero… a buen seguro, de él heredó ese gusto por lo multidisciplinar. Pero difícilmente lo conserva en su memoria pues cuando él falleció a penas tenía usted un año. ¿Cuál es su primer recuerdo de infancia?

A los tres años estando en casa de mi tío Santiago, en la Gran Vía de Barcelona, recuerdo en la calle unos coches rodeados de personas. Me dijeron ¿ves?, ahí va el Rey. Yo a esa edad me imaginaba un señor con corona, un gran bastón…  pero Alfonso XIII iba con traje de chaqueta. Para mí era incomprensible y sufrí una gran decepción.

Mis recuerdos se siguen extendiendo primero con la República, luego el 6 de Octubre del que todavía recuerdo los tiros y con la guerra cumplí diez años.

Si de niño le decepcionó la imagen de Alfonso XIII, ¿de adulto quien o qué le ha decepcionado?

He tenido más alegrías que decepciones. Si algo me ha decepcionado he tratado de olvidarlo.

¿Cómo nació su amor por la montaña?

Lo llevaba en la sangre. Aunque después de la guerra no había dinero ni posibilidad de hacer nada, fui al Centro Excursionista de Cataluña donde conocí a mucha gente. Más tarde, a los diecisiete años, me presenté en la Escuela de Jaca.

¿A que edad se inició en la escalada?

Me acerqué a la montaña a los catorce años, y poco después fui a un curso de escalada. La primera fue La Magdalena en Montserrat.

¿Cuándo lo abandonó?

Cuando regía el hotel de Villanúa, era guía y salía a pasear con los clientes. Siempre llevaba una cuerda. No escalo como antes, pero si tengo cuerda y montaña trepo.

¿Sigue frecuentando la montaña?

Claro, pero hoy no he salido porque le esperaba a usted.

(Vuelvo la vista a los grandes ventanales que quedan tras de mí,  para comprobar si se perfilan cercanas montañas,  pero la noche, celosamente cerrada, me lo impide). ¿Se ha perdido alguna vez? ¿Qué ha sentido?

No he sufrido ningún problema pero en cambio si que he ido a resolverlos, a buscar fallecidos o desaparecidos. En 1946 fui a recatar a un montañero perdido en los Pirineos. Lo encontramos muerto bajo seis metros de nieve. Aquél rescate de tres días me marcó mucho.  Era uno de los profesores con los que yo hice el primer curso de escalada, y para mí fue un encuentro más que con la muerte, con el drama.

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¿En la altura hay más solidaridad que en la llanura?

Si, pero antes había más solidaridad que ahora; la montaña está algo más deshumanizada. Siempre he dicho que la montaña era una vocación y en cambio hay mucha competencia. Si hablamos del Himalaya, es horroroso.

Cuando vivía en Madrid fuimos a buscar un avión que había caído en la Sierra de Guadarrama. Sobre la nieve encontramos una caja de gambas, y otra, y otra. Hallamos el aparato con sus pasajeros muertos, y a nadie del equipo de rescate se le ocurrió coger ni una sola gamba. En cambio, dos años más tarde, en una travesía de montaña, la televisión había anunciado el día anterior que se había perdido un avión de las Fuerzas Americanas. Empezamos a ver helicópteros, a lo que todos pensamos que estaban tratando de rescatar a sus compatriotas. Vimos el avión estrellado y nos acercamos. Había un muerto sobre la nieve y otros que nos hacían señales con los brazos. Les preguntamos en nuestro escaso inglés qué necesitaban, a lo que respondieron que un helicóptero les había tirado como ayuda una caja de botellas de whisky y siguió de largo. Les dimos comida, les hicimos una pequeña hoguera y finalmente apareció un helicóptero con ánimo de rescate.

¿De esas relaciones nacen amigos?

Si, pero desgraciadamente ya me quedan pocos. Yo era el más jovencito y ahora soy el más viejo.

El primer libro publicado en España en 1954,  dedicado a la montaña, fue de su puño y letra “Cara a la montaña”. ¿Cómo fue recibido?

Muy bien porque entonces no se publicaban libros de montaña. La Editorial Juventud fue la primera que se atrevió con este tipo de publicaciones. Ahora supone una estupenda colección, de valor incunable. Entonces, todos los editores que querían publicar algo de montaña, me llamaban. Empecé también a escribir en el periódico Madrid, que fue dinamitado por el régimen franquista. Me quedé un tiempo sin trabajo pero comencé desde el primer número con el deportivo AS y este diario me mandó a muchas expediciones.

(Agustín interrumpe la conversación y me pide seguirle. Ascendemos a la planta superior donde el diseño del lugar da pie a una biblioteca cuyas paredes parecen estar ensambladas, más que con ladrillos, con libros. Me muestra orgulloso los dos primeros niveles en los que todas las publicaciones son de su autoría. Extrae un ejemplar que alguien de manera integral y literal le plagió, incluso de manera reiterada).

Este libro ha sido copiado totalmente, palabra por palabra, coma por coma y error por error…

(El libro luce un minucioso examen de líneas subrayadas por Agustín. Tras contarme la anécdota, prefiere omitir el nombre del “autor” ya fallecido. Descendemos de nuevo al salón y cambiamos de tercio). ¿Se entrenaba para la escalada?

Yo no me entrené nunca. Mucha gente empezó a ir a los gimnasios para trabajar los dedos… Pero yo siempre dije que mi gimnasio es la montaña. No soy un gran escalador, ni un gran esquiador, soy un montañero.

1968 el Caúcaso, 1971 el Mckinley en Alaska… De todo su periplo ¿Con qué se queda?

El Cáucaso. En 1968 los españoles no podían ir a Rusia. ¿Qué pasaría?. Era toda una incógnita.  Mi hija pequeña, que ahora tiene cuarenta y un años, tenía entonces seis meses. Al marcharme le di un beso y le dije: “creo que te volveré a ver”.

¿El  momento de mayor felicidad?

Cuando inauguré el hotel de Villanúa.

(Me muestra fotografías y dibujos del hotel. Le aflora un brillo de melancolía en la pupila).¿Y el más amargo?

El diez de Enero de este año me encontraba en el Valle de Arán. Aquél día llamé a casa para decir que llegaría por la noche. Se puso mi hija al teléfono y me dijo que acababa de morir mi mujer...

(Se produce un largo silencio que, ni yo misma, me atrevo a romper. La inercia de la pausa nos devuelve a una nueva conversación).

Me abrigo y salgo a la calle. Los dos canes hacen gala de su innata cortesía y me acompañan hasta la puerta. Agustín entra en la casa acompañado de su soledad.

Sr. Faus, que sus libros inéditos vean la luz y la vida le regale tantos días como la incontable suma de altitudes por usted alcanzadas.

© CORAL PASTOR

12/12/2008

 

 

 

 

 

 

 

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