NACHO BIOTA Imprimir

Muy personal

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José Ignacio Biota Pérez  llega a la cita con una semana de antelación. Él toma un café en el lugar acordado y yo, un té con limón a setecientos noventa kilómetros. Aclarada la confusión, en el tiempo, llega puntual al encuentro una semana después.

Nacido en Jaca (1975), con sus 2.02 metros de estatura,  tras su paso como alero en los equipos Magia de Huesca, Unicaja, Joventut, Breogán y Girona, abandonó a los veintinueve años su carrera en ascenso y etapas de gran brillantez  para compartir con su padre la loable tarea del cultivo de la tierra.

 

¿Recuerda su último partido?

Si, además fue muy curioso, intuí que era el último. Anoté mi primera y última puntuación en esa misma canasta y con un tiro idéntico. Esto no lo sabe casi nadie, pero si, es muy curioso. Ya en el vestuario, sabía que tenía problemas con la rodilla, y entendí que era el final.

¿Es frustrante para un deportista tener una vida tan corta?

Es muy frustrante. Es dificilísimo llegar, más difícil mantenerte y la retirada es muy complicada.

Algo tan saludable como el deporte acabó cebándose con sus rodillas. ¿Desde la distancia considera que todos estos años le han reportado salud o se la han  arrebatado?

Una cosa es el deporte-salud que haces de forma amateur y que cuando lo dejas no pasa nada y otro asunto es el deporte profesional con el que se paga peaje y yo he pagado mucho. Te castiga porque provoca una gran exigencia. Mis rodillas… son secuelas para siempre. Pese a todo ello, jamás renunciaría a lo vivido.

¿Tuvo lesiones importantes, recuperaciones duras?

Recuperaciones muy duras, con fisio, en piscinas, en solitario… Son dolorosas porque comienzas de cero para ponerte al nivel de competir.

¿Era supersticioso,  tenía alguna manía?

Si, pero las iba cambiando. Me gustaba jugar con el número trece o si ganaba repetía el uso de esas zapatillas, o las guardaba. Pero en realidad eran situaciones variables que yo dominaba.

¿Todavía sueña  que atraviesa la pista veloz,  o lanza a canasta?

Si, si, constantemente. Aunque ahora no juego a baloncesto y llevo una vida feliz, sin presiones, sigo soñando con ello.

¿Anhela la gloria de la temporada 2000 – 20001?

Quizás el momento de competir. Así como todo lo que envuelve al deporte profesional es muy falso, en cambio el momento de competición es único y muy sano.

¿Qué le ha quedado de su etapa como deportista?

Muchas cosas, sobre todo vivir en múltiples lugares y experimentar que hay buena gente y no tan buena en todas partes. Viajar abre la mente y ayuda a entender a los demás.

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¿Conserva amigos?

Muy pocos. En un contexto de competición se pueden hacer pocos amigos, pero los que conservo son excelentes. Te juegas un contrato alto y tú tienes que jugar mejor que el otro. Pero esto no solo ocurre en baloncesto; en cualquier trabajo donde el eje sea la competitividad, no hay amigos

¿Cómo vivía las victorias?

Cuando juegas en equipos pequeños como el Breogán o el Magia y ganas a un equipo grande se produce una irrefrenable subida de adrenalina. Me acuerdo de dar un salto al aro y sentir que estaba volando. Es algo que jamás volveré a sentir.

¿Y los fracasos?

Al principio muy mal, pero la experiencia te serena. Para mi un fracaso era jugar en casa y que tu propio público te silbara o ver que abandonara las gradas. Recuerdo que a los veintitrés años lloré amargamente ante una derrota en la Copa del Rey.

Y aquí no hay medias tintas, de los segundos, de las medallas de plata no se acuerda nadie. Es duro perder.

España es campeona mundial de baloncesto, en la NBA brillan los españoles… ¿Qué les faltó a los jugadores de su generación para alcanzar este nivel?

No éramos tan buenos. Estos chavales son unos privilegiados, con un talento especial. Tienen calidad y duende.

¿Qué reporta la vida en equipo?

Aprendes a respetar a los demás y a ti mismo. Un jugador, aunque sea el mejor no puede ganar por sí mismo, necesita el apoyo de sus compañeros. También aprendes a disculpar los defectos ajenos.

¿En la pista hay cerebro?

Mucho. En el deporte el noventa por ciento es mente. Salir con diecinueve  años, cuando debutas, ante diez mil personas y no vomitar de miedo escénico, o no arrugarte ante nada ni nadie…. Necesitas un físico privilegiado que con trabajo se consigue, pero la cabeza bien situada es lo que diferencia a un buen jugador.

Corbalán  escribió un método basado en la vida en  equipo, como aplicación al desarrollo de empresas. ¿Ha  encontrado la utilidad en su vida diaria?

Toda acción que reúne a un grupo de personas conduce al trabajo en equipo, sea el objeto un balón o un instrumento de música. Jugar en equipo no solo pertenece al mundo del deporte en el que, al acabar el partido, se acaba el equipo y cada uno se va a su casa, sin obligatoriedad de relaciones personales. Lo mismo ocurre entre los trabajadores de una empresa y su vida personal.

¿Todavía se tienta cuando ve una canasta?

Por supuesto. Lo que sigue a la retirada es muy duro. Sicológicamente, aunque no lo trasmites, te embarga una fuerte depresión post-deportiva que incluso ha llevado a gente al suicidio.

¿Se considera afortunado en su desenlace como deportista?

Si, he sido un afortunado. Yo tenía un sueño: jugar un minuto en la ACB. Al final jugué más de cinco mil minutos. Todo lo que he vivido, la gente que he conocido…, sin duda, me siento afortunado.

¿Me puede confesar su última ilusión?

Formar una familia. Es algo que tengo en mente desde muy joven. El encuentro de la pareja para crear una familia.

Nacho, cuando habla, mira de frente, a los ojos. No le tiembla el pulso ni la palabra. Sabe que en su discurso no hay trampa ni cartón. Cierra su conversación y continúa sentado, con la calma que le confiere saber que el amor, al igual que la mortaja, del cielo baja.

© CORAL PASTOR

 

 

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