| JULIO GAVÍN, LA MUERTE DE UN AMIGO DEL ARTE |
Es imposible tejer el obituario de un amigo en tono de crónica, de comunicado, desprovisto del merecido sentimiento.
Hombre hiperbóreo, tallado para las grandes gestas traza sus primeros recuerdos de infancia -sin olvidar Asturias- en el Castillo de Larrés. Irrumpe su biografía, y así le gustaba recordarlo, cuando con breves años dibujaba un día tras otro en un improvisado papel, los restos de la atalaya. Nos reíamos al afirmar que esa fue su primera premonición. Julio Gavín muchos años después, sería el principal artífice de tan colosal obra, el Museo de Dibujo de Larrés.
Reunió con sus andanzas las más de tres mil obras que hoy conforman el legado. Dos años atrás me pidió que hablara con Polín Laporta para que aportara una nueva obra al museo. Esta artista plástica, superados los ochenta años, seguía vertiginosamente activa. Me invitó a una exposición que realizaba en Altea. Acudí a la inauguración, y cogida de su mano me situó ante un lienzo; una niña sentada en una silla y gestada en carboncillo viajaría hasta el Castillo de Larrés. Cuando comuniqué la decisión a Julio, sonreía como un niño. La llegada de una nueva obra, daba sentido a su empeño.
Siempre lo percibí como un solitario corredor de fondo, pero jamás estuvo solo. Arropado por sus incondicionales Amigos de Serrablo, abrazó múltiples reconocimientos como la Medalla al Mérito en las Bellas Artes y la Medalla Europa Nostra.
Pese a todo ello, jamás se rindió a los servicios de la Corte, y su ego no alcanzó nunca a inflamarse. Por el contrario se situaba en segunda línea y compartía los méritos en plural.
Supo conjugar lo racional con su lado más perceptivo. Era gestor, motor de la financiación para sus difíciles tentativas, y al mismo tiempo artista. El Museo de Artes Populares de Serrablo en Sabiñánigo acoge parte de sus plumillas.
En un breve silencio Julio se ha entregado a la muerte. En esos crueles instantes en que se siente implacable la soledad, cuando el Cronos da paso al Kairos, cuando de nada nos sirve Jung, ni los místicos del XVI, ha rasgado el velo con calma, con la sabiduría de un iniciado.
Se lo escribí ayer a sus hijos:
Llora desconsolado el Museo y las obras que penden en sus paredes. Llora el camino de Lárrede y las últimas huellas de su paso. Brotan lágrimas de torres, ábsides y campanarios. Se emborronan de tristeza sus plumillas. Llora sin consuelo la huérfana llave de su casa. Llorarán los calendarios cada doce de junio.
© CORAL PASTOR
Publicado en El Periódico de Aragón. 13/06/2006
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